Ya he andado preguntando a conocidos si saben de alguna choza que se alquile a un precio razonable. Me he comprado varias cosas, entre ellas un gran bolso de viaje, que guardo en el coche, y que me servirá para echar en él las cosas.
Si las cosas van como espero, para el uno de marzo estaré viviendo fuera. El ambiente de mi casa es insostenible desde que anuncié, entre gritos incrédulos, mi decisión. Mis padres están angustiados y disgustados, deprimidos (del mismo modo en que me han oprimido tanto tiempo), nerviosos y sintiéndose culpables de mi marcha. No conciben que un hijo se vaya de casa porque no los aguante, porque no sea para ir a trabajar a otra ciudad o para casarse y formar una familia. Yo me siento fuera de lugar y sé que no podré seguir viviendo aquí por más tiempo. También estoy angustiado y también decaído, deprimido. Mis hermanos también sufren, como yo, la incomprensión mutua.
Si el martes no encuentro una choza a través de conocidos, acudiré a alguna inmobiliaria a que me la encuentren. No me gusta la idea porque significaría deshumanizar la relación, formalizar el contrato de arrendamiento dentro de las condiciones legales, con todas sus restricciones, y lejos de la flexibilidad y casi familiaridad (en el buen sentido de la palabra, no en el de mi familia) que suponen este tipo de relaciones.
Por si fuera poco, el ambiente de trabajo está más que enrarecido. Yo sustituía a una persona que se ha dado de alta y está de nuevo en la oficina. Se suponía que el martes o el miércoles finalizaría mi contrato, pero sigue vigente hasta el martes (de ahí que, de acuerdo con mis planes, vaya a acudir a la inmobiliaría en esas fechas), me han dicho, y espero que sea definitivo. La cordialidad no existe etnre el recien incorporado y sus antiguos y compañeros y la falta de comunicación es absolota. Y en todos los niveles. No sólo dentro de la oficina, sino en los escalones superiores que tienen que regularizar la situación. Yo no sé nada sobre mi futuro. El recién incoporado tampoco sabe si seguirá allí o no. Nadie le dice nada a él. El caso es que éstos, con quienes yo he estado trabajando en la oficina, no quieren que el que estaba de baja vuelva allí, quieren que lo manden a otro sitio, y al otro no le importa que le manden a otro sitio. Lo cierto es que la situación en esa oficina es también insostenible y nadie parece tener la firmeza, la resolución y la entereza para solucionar esos problemas. Parece mentira que los que pueden no tengan los cojones de aclarar la situación, de decir las cosas a todo el mundo a las claras, de que la información fluya para todos por igual a fin de que nadie sienta el malestar que sienten, sentimos, todos ahora en la podrida oficina. Espero y deseo escapar de allí el martes de una vez por todas, y sólo puedo compadecer a los que se quedan.
Aprovecho mis últimos días de conexión (puesto que, a lo sumo, me queda un mes) para dejar mis últimas impresiones, mis últimos sufrimientos, antes de la depedida.
Mientras tanto trato de mantener la sonrisa, aunque me es muy difícil.
Si las cosas van como espero, para el uno de marzo estaré viviendo fuera. El ambiente de mi casa es insostenible desde que anuncié, entre gritos incrédulos, mi decisión. Mis padres están angustiados y disgustados, deprimidos (del mismo modo en que me han oprimido tanto tiempo), nerviosos y sintiéndose culpables de mi marcha. No conciben que un hijo se vaya de casa porque no los aguante, porque no sea para ir a trabajar a otra ciudad o para casarse y formar una familia. Yo me siento fuera de lugar y sé que no podré seguir viviendo aquí por más tiempo. También estoy angustiado y también decaído, deprimido. Mis hermanos también sufren, como yo, la incomprensión mutua.
Si el martes no encuentro una choza a través de conocidos, acudiré a alguna inmobiliaria a que me la encuentren. No me gusta la idea porque significaría deshumanizar la relación, formalizar el contrato de arrendamiento dentro de las condiciones legales, con todas sus restricciones, y lejos de la flexibilidad y casi familiaridad (en el buen sentido de la palabra, no en el de mi familia) que suponen este tipo de relaciones.
Por si fuera poco, el ambiente de trabajo está más que enrarecido. Yo sustituía a una persona que se ha dado de alta y está de nuevo en la oficina. Se suponía que el martes o el miércoles finalizaría mi contrato, pero sigue vigente hasta el martes (de ahí que, de acuerdo con mis planes, vaya a acudir a la inmobiliaría en esas fechas), me han dicho, y espero que sea definitivo. La cordialidad no existe etnre el recien incorporado y sus antiguos y compañeros y la falta de comunicación es absolota. Y en todos los niveles. No sólo dentro de la oficina, sino en los escalones superiores que tienen que regularizar la situación. Yo no sé nada sobre mi futuro. El recién incoporado tampoco sabe si seguirá allí o no. Nadie le dice nada a él. El caso es que éstos, con quienes yo he estado trabajando en la oficina, no quieren que el que estaba de baja vuelva allí, quieren que lo manden a otro sitio, y al otro no le importa que le manden a otro sitio. Lo cierto es que la situación en esa oficina es también insostenible y nadie parece tener la firmeza, la resolución y la entereza para solucionar esos problemas. Parece mentira que los que pueden no tengan los cojones de aclarar la situación, de decir las cosas a todo el mundo a las claras, de que la información fluya para todos por igual a fin de que nadie sienta el malestar que sienten, sentimos, todos ahora en la podrida oficina. Espero y deseo escapar de allí el martes de una vez por todas, y sólo puedo compadecer a los que se quedan.
Aprovecho mis últimos días de conexión (puesto que, a lo sumo, me queda un mes) para dejar mis últimas impresiones, mis últimos sufrimientos, antes de la depedida.
Mientras tanto trato de mantener la sonrisa, aunque me es muy difícil.
