Escribí esto, entrecomillado todo, con la excitación del momento, y alterado como estaba hace un poco. Lo escribí a ratos, fragmentariamente, tal y como me venían las ideas a la cabeza, es por ello parte de mi diario, del diario del perdedor que soy:
“Otra vez ha vuelto a suceder. De nuevo, tras meses conteniéndome, tras meses de aguantar sus continuas puyas con indiferencia, he vuelto a insultar—aunque quizás sería mejor decir a calificar con el adjetivo que les corresponde—a mis padres.
Alguien vino al lugar donde duermo a preguntar por mí (lo cual no es frecuente porque todos aquellos con quienes comparto momentos procuran, a toda costa, evitar el tratar con mis padres), y mis padres le mintieron, le dijeron maliciosamente que yo no estaba, cuando en realidad sabían perfectamente que estaba en mi habitación, y me di perfectamente cuenta de ello. Eso no es algo nuevo, es algo que en realidad han hecho en muchas otras ocasiones. Esta vez, yo, tras aguardar unos segundos en mi habitación, amontonando ira y rabia, bajé y les dije, directamente, sin preámbulo alguno, que eran unos cerdos, y luego me fui dando un portazo.
Ahora me encuentro en un descampado solitario, al lado de una carretera, y escribo esto mientras el sol se apaga y la noche llega, mientras Mahler suena por los altavoces serenando mi espíritu. Hay una gasolinera cerca y no paro de decirme que esto se va a acabar de una vez para siempre. En enero comenzaré, con descaro, abiertamente, a buscar alguna cueva en la que pueda cobijarme, en la que pueda vivir en paz y serena tranquilidad (estoy cagándome y meándome, y no es una metáfora, la mierda me presiona el ojillo del culo, y la orina quiere hacer estallar mi vejiga, pero me contengo para acabar lo que estoy escribiendo) lejos de esos seres que me parieron y que no me enseñaron a luchar contra todo lo que ellos son, contra todo lo que ellos creen, contra todo lo que ellos piensan.
He cagado y meado en medio del descampado y estoy mejor, aunque no he podido limpiarme los pelos del culo, porque no tengo nada con lo que hacerlo. Puedo continuar escribiendo, consolándome, comprendiéndome.
Lo peor de todo es que mis padres no son únicos, hay otros muchos como ellos, y a tres o cuatro de mis amigos les sucede exactamente lo mismo con sus padres, y en más de una ocasión, cuando han ido en busca de ellos, les han dicho que sus hijos no estaban en casa.
Y eso es lo malo. Los idiotas se consuelan porque no son los únicos, porque hay otros, muchos otros, que son iguales que ellos, que hacen lo mismo, que se justifican con las mismas estupideces, con los mismos puercos valores morales cristianos que los corroen por dentro, que los han podrido por dentro. Creen que así nos protegen, del vicio y la corrupción, del alcohol y las borracheras, pero lo único que consiguen es hacernos aún más infelices, lo único que logran es conseguir que no vivamos en realidad en ninguna parte, puesto que aquellos con quienes nos relacionamos, con quienes compartimos alguna que otra vez agradables momentos, no pueden encontrarnos en ninguna parte.
Yo les diría a todos ellos que el que lo hagan los demás, la mayoría, la masa, no significa en absoluto que sea lo correcto, que sea lo humano. Les diría a los que se amparan en los demás, en lo que hacen, dicen, piensan, los demás, la mayoría, que lo que hace y dice la mayoría es repugnante, asqueroso, y el que tenga un mínimo de inteligencia no debería de dejarse llevar por ella, no debería hacer el más mínimo caso de ella, puesto que es ella la que ocasiona todo los males del mundo.
Es lo más fácil, desde luego, estar y opinar siguiendo la mayoría. Pero eso también supone convertirse en un criminal, en un pecador, que peca y a la vez fomenta el pecado, que atenta contra todo lo que de divino pueda haber en el hombre.
La caja de pandora no es otra cosa más que la masa, el instinto gregario. Como una bola de nieve, rueda y crece a medida que se le une más nieve, se hace más grande y poderosa y difícil de detener, y también, a la vez, provoca mayores destrozos a su paso, destruyendo y oprimiendo al individuo.
Las nubes y las luces artificiales oscurecen y apagan las lejanas estrellas, que ene le firmamento nos recuerdan, a quienes se atreven a mirarlas fijamente, lo que somos. La música sigue sonando y me libera del cabreo que me produce convivir con quienes convivo.
Ya es de noche. Alguien ha pasado por mi lado y se ha quedado mirándome, alucinado, extrañado, preguntándose qué es lo que estaré haciendo. Pensará que me estoy drogando, que he robado el coche, o cualquier otra cosa que su pobre y reducido cerebro considere como mala.
Escribo esto sobre un pedazo de papel desgastado, que no es sino el dorso de un viejo mapa de carreteras que nunca mi guió a ninguna parte. Mi letra es ágil y descuidada, casi ilegible.
El tipo que acaba de pasar por mi lado habrá pensado que soy el tipo más raro del mundo, y no le faltaba razón.
¿Qué hago aquí?
Como no llevo reloj (para no estar dominado por el tiempo) ahora no tengo la más remota idea de qué hora es, y no hay nada ni nadie cerca, a mi alcance, a mi vista, para orientarme. No importa. Calculo que serán algo más de 8. Voy a volver y a meterme en algún bar a cenar algo.”
Ahora que han pasado varias horas, y que miro a lo sucedido con la pespectiva que proporciona la calma, estoy profundamente arrepentido de haber dicho lo que he dicho. Siempre pasa lo mismo, los remordimientos me vienen y no puedo hacer nada por evitarlos. Yo soy tan culpable como ellos, como mis padres, e incluso pienso a veces que más que ellos. No en vano, ellos no tienen la culpa, en cierta manera, de ser como son. No obstante, quizás no exista tanta malicia en sus actos.
Me digo ahora que todo el mundo es bueno, aunque sus conceptos de bien y mal sean tan diferentes que los hagan enfrentarse, que los hagan sufrir.
No debería de haberlo hecho, claro está, pero lo hecho hecho queda y nada se puede hacer por cambiarlo. Lo que más me duele es que he vuelto a abrir la guerra entre mis padres y yo, una guerra desagradable para todos, desagradable e inevitable, fruto de su incapacidad para aceptarme como soy, de su falta de tolerencia, y de la incomunicación que existe entre todos nosotros.