Debería de estar escribiendo y trabajando en mi novela, pero me apetece más tontear en mi diario.
Los viejos me dejan alucinados. Van a cobrar su pensión, se levantan temprano, y a las ocho ya están esperando, formando una fila, luego se llevan todo el dinero, y un par de horas más tarde vuelven a la fila para ingresar parte de ese dinero. Yo es que primero, me dicen, lo cuento en casa, hago mis cálculos, mis previsiones, y después ingreso lo que no vaya a gastarme. Me los imagino esperando mes a mes a que llegue ese día, ansiosos, patra sacar su dinero, hacer sus cçálculos, y pasar un día entretenido, activo, últi, el único día que sienten que hacen algo d everdad. Me los imagino día a día, deámbulando de un lado para otro sin hacer nada, sin tener nada que hacer, y sin poder disfrutar, de bido a su decrepito, de los placeres de la carne. Y cuando pienso en ello me dan ganas de morirme, de matarme y de acabar con esta pesadilla de una vez por todas.
Me gustaría atraer a hembras apetecibles de mi misma especia, me gustaría que aquéllas a las que atreyera no fueran tan estúpidas como lo son la mayoría, pero eso es algo que sé que no va a suceder, que no sucederá en tanto en cuanto no me aleje de esta cloaca en la que vivo, de esta alcantarilla que es mi pueblo natal.
Todos somos iguales, pero algunos son más iguales que otros. eso es lo que decían los cerdos del señor George Orwell, y tenían razón, decían la Verdad, aunque la Verdad no exista.
Tengo ganas de beber, de emborracharme, y siento cierta euforia, tal vez debido a la época estival, que me hace desear ir a la calle. Pero en cuanto pienso que la calle está llena de gente, se me pasa todo.
Los literatos hablan de los olores, las fragancias que rodean nuestras vidas, y sobre todo de los aromas que nos marcaron en nuestra infancia. El propio Henry Miler, y en especial el pedante de Proust le dan una importancia decisiva, crucial en la vida de los seres humanos. Yo no sé nada de eso. No tengo el menor recuerdo de ninguna fragancia. Todos los hedores que me rodean o me han rodeado pasan por mi nariz y se esfuman para siempre, sin que ninguno de ellos quede atrapado en mi memoria, ni aun si lo intento.
