lunes, diciembre 31, 2001

Son las 23:39, un año se acaba y empieza otro nuevo. Un año muere y yo muero con él.

Nota social: Me gustaría no salir, pero, como siempre, compromisos sociales me lo impiden. he de hacer de chofer, de taxista, de un colega, del que tuvo el accidente el otro día. Tiene que llevar a su novia, a su hermana,... y como no tiene ahora coche, yo tendré que llevarlos a todos ellos. No me gusta la idea un pelo, y procuraré beber lo menos posible, procuraré no cogerme una cogorza de las mías.

Nota laboral: Hoy he batido los records y he salido, preparando lo de la mierda de los euros, a las seis de la tarde. Lo peor está por llegar.

Efemérides: El año pasado, el verano, salí con un drogadicto, el yoye, y anduve un fin de semana entero sin dormir, a base de cocaína, que era lo que el yoye tomaba. Estaba hasta el culo de ella, y no quería ni probarla, aunque no quería hacerlo, y probé una resaca de coca, y es mucho peor que una de alcohol. Antes había probado la coca, un par de rayas o así, pero aquella vez fueron cien rayas y no me gustó en absoluto, es de locos tomarla.
De vuelta, el yoye se empeñó, con el subidón, demostrarnos lo buen piloto que era, y a pique estuvimos de matarnos. Uno de los que iba con nosotros le decía que si quería que nos matáramos que se tirase por el primer barranco que viese, pero que dejara de hacer el loco porque iba a acabar llevándose a otro coche con criaturas inocentes en él. El otro, el compás, desde atrás, desde mi lado, le decía al otro que se dejase de ruina, que no le diera al yoye aquellos consejos de salirse por el primer terraplén, porque acabaríamos todos muertos, y a él no le gustaba la idea. El yoye no hizo caso ni a uno ni a otro, y siguió conduciendo de manera suicida, empeñado en demostrar que podía realizar un trayecto de una hora en la mitad de tiempo. Yo no dije nada, y me daba igual, en aquellos momentos, el tener un piñazo que el no tenerlo.

Lo que son las cosas, el año se acaba y yo estoy en él, con él, y nada pasa, nada cambia, a pesar de que todo lo hace a la vez.

sábado, diciembre 29, 2001

Lo primero es lo primero: un post que no pude postear, por circunstancias cuando debí de haberlo hecho:

"Son las cinco de la tarde y hace tan solo media hora que dejé de trabajar para los ladrones para quienes lo hago. Estoy agotado, y mi cabeza da vueltas. Me he comido un bocadillo aunque debería de haberme bebido un barril de cerveza. Últimamente me están reventando, y no hay día que tarde por lo menos una hora más en salir de cuando debería hacerlo (de ahí que no postee), y eso sin cobrar nada extra. La gente es tan estúpida como un saco de pimientos, incluso los mismos compañeros con los que trabajo lo son. Al salir lo dije, lo exclamé: Ya era hora de salir, ya le hemos dado bastante a los ladrones que nos explotan. Uno de ellos me miró mal, y me reprochó mis palabras, diciendo que debería de estar agradecido de ellos, que son quienes me pagan. Sí, y una mierda, como decía el maradona, una mierda. Encima eso, encima de ser esclavos hemos de estar contentos de serlo, pues una mierda, señor, una mierda. Antes muertos.
No duermo bien. Tengo últimamente pesadillas horribles. Esta noche tuve una incluso con mi osito de peluche, pedrito, que le digo. No es broma. A mi pedrito lo ponían en una situación peligrosa, y yo pedía gritos que me cambiasen a mí por él. No tengo ganas de buscarle ninguna significación freudiana al sueño, y, si la tiene, no me importa, puesto que el descubrirla no me serviría de nada.
Esta noche me voy a emborrachar porque tengo ganas de morirme, o de matar a alguien, que viene a ser lo mismo. Esta noche me voy a emborrachar y escupiré en la cara de quien me lo reproche o pretenda hacerlo."

Poca cosa más. Es sábado y no estoy en los bares y pubs emborrachándoem, lo cual es una excepción que rompe que mi regla.
Esta mañana vi una imagen curiosa que aún tengo grabada en la cabeza: un perro con un hueso de jamón caminaba por la calle tranquilamente, paseando lo que habían devorado los cerdos de los humanos, llevándolo quizás a algún lugar oculto en el que poder zampárcelo a gusto. Me gusto ese perro solitario y vagabundo y todavía pienso en él, quizás porque me recuerda a mí, porque se parece a mí, o yo me parezco a él.

Sigo sin escribir, y no lo volveré a hacer en serio hasta después del euro...

lunes, diciembre 24, 2001

estoy blogeando. es navidad, o algo parecido, y no me importa.
La madre que me parió, que ya estoy borracho. he estado con el presentadotr de la tv local, con el dueño de la tv local,y ya estoy borracho.
es navidad y ya mismo trabajo.
dicen que el hijo de dios nació y no nació, en verdad, ni su padre.

domingo, diciembre 23, 2001

Lo que son las cosas. Ahora resulta que la semana pasada, el sábado pasado, estuve implicado en un accidente que destrozó el coche de un amigo. el tío con las prisas se salió de la ronda y se cargó el coche, y por fortuna salvó la vida saliendo sólo con magulladuras. Yo creía que estaba en el bar patillas, con mis hermanos, soplando el vidrio, pero ahora resulta que no, que dice la gente que yo iba en ese coche en ese momento, y que salí tambaleándome del accidentado vehículo. Lo que son las cosas, no me he enterado de eso hasta una semana después. La rumorología de esta cloaca en la que vivo mueve montañas y cambia las cosas, los hechos, con una facilidad pasmosa. Los inventa, y adquieren una fuerza que ni todas la evidencias el mundo pueden parar. Gente que estuvo, según me equivoco yo, en el patillas conmigo ese mismo día, me aseguran ahora que yo iba en ese coche, que yo sufrí aquel accidente mientras, sin saberlo, bebía con él allí.

La realidad la inventamos. No existe, pero la inventamos irremediablemente y lo que ha pasado no es más que lo que decimos que ha sido. Bueno, algo así... no tengo ganas de meditar y razonar sobre ello, de reflexionar e inventarme razones, falsas, como toidas, para entenderme.

Por cierto, ayer u tío me hizo llevarle a un sitio, a un puticlub, porque, me dijo, se le había olvidado allí el coche. Pero mentira, el coche estaba allí, y no se le había olvidado. Lo que ocurriño fue que lo dejó en prenda, que le falto dinero para pagar y tuvo que dejae a las prostitutas las llaves de su coche para que lo dejasen marchar.

Lo que son las cosas...

sábado, diciembre 22, 2001

Bienvenido horror.
El jueves, sí, fue el jueves, estuve en la comida del banco y salí de allí asqueado, como era de esperar. Estuve rodeado de un centenar, más diría yo, de hipócritas redomados y orgullosos de ser los esclavos del capitalismo que son. Sentíanse a gusto siendo lo que son, y me hicieron saber a mí, repetir, que yo no era igual que ellos, que yo no podía vivir del modo en que vivían ellos. Supe y me ije que yo no puedo seguir así, que yo no puedo seguir siendo lo que soy, trabajando en lo que trabajo, viviendo en lo que vivo. Luego, e fui de copas y me emborraché.

Ayer, viernes, también me emborraché. Estuve con el cura, nos hartamos de copas, discutimos de teología, me presentó a unas amigas suyas como un estudioso dela biblia, acabé por los suelos y, con la borrachera, rayé de nuevo el coche. (Ya no lo vuelvo a coger si voy a beber, lo prometo, a partir dehoy, a patita).

Hoy ya estoy con siete u ocho cervezas encima, y ahora mismo, en cuanto deje el ordenata, me voy a beberme unas cuantas más.

miércoles, diciembre 19, 2001

Leo la isla de los pingüinos, de Anatole France. Hacía tiempo que había oído hablar de él, que leí la rebelión de los ángeles, y hacía también tiempo que deseaba hacerme con los pingúinos de France. Este libro debería de haberlo leído hace años, pero la pobre cultura en la que siempre he vivido rodeado me ha llevao a descubrirlo tarde, a conocer la ironía, el sarcasmo, la erudción, la agudeza de France años después de cuando debiera haberlo hecho. Un diez para el señor Anatole y sus libros, que ahora nos ha legado.
Leí esta tarde con sumo placer el pasaje en el que habla sobre Dante y su divina comedia, en la que denuncia la aberración que supone ese libro crsitiano, y, peor aún, el que se considere como clásico. Denuncia el crimen de Dante al describir los cielos y los infiernos y al tergiversar imperdonablemente la obra de Virgilio, un pagano, al que el estúpido italiano que fue Dante presenta como arrepentido creyente.

martes, diciembre 18, 2001

Mientras escribo estoy ingiriendo un yogur, como postre a mi frugal cena. Unas habichuelas cocidas con sal y un filete a la plancha ha constituido todo mi alimento, porque la úlcera que padezco me fuerza a veces, ahora, durante varios días, a seguir una dieta que me mata. Dentro de media hora estaré muerto de hambre, acostumbrado como estoy a comer cosas más fuertes, más consistentes, como patatas fritas, carnes, salsas, pan en abundancia y cosas semejantes.
Ahora me acuesto, aunque apenas pasan unos minutos de las nueve, para descansar con holgura y estar fresco mañana.
Cada día me europeízo, me occidentalizo, más, y eso no es un buen síntoma...

Dentro de un par de días tendré un almuerzo de empresa, para celebrar la navidad todos los borregos juntos. La idea me asquea y horroriza y veo pocas opciones de poder escapar a ella...

El euro y la tribu
Muchos viejos no quieren oír hablar de los euros, otros se muestran confiados y seguros de que lo entenderán todo, y los más osados vienen ya al banco a cambiar cantidades importantes de dinero por euros: niño, me dicen, aquí traigo cincuenta mil pesetas, para que me las des en euros. Y yo les explico a todos pacientemente lo que puedo, que no es mucho, y la mayoría acaba por irse convencido, pese a mis intentos por persuadirlos de lo contrario, de que nunca deberían de haber quitado la peseta, con lo bien que estábamos con ella.
Me gustaría saber qué ocurre en los demás países europeos, qué opina la gente de la calle, la masa, de esos países, qué piensan los franceses, los alemanes, los portugueses, los griegos, los holandeses... de la nueva moneda. Supongo que la mayoría pensará lo mismo que aquí, que a santo de qué cambiar la moneda. Y, pese a ello, pese a que de ser por ellos nada cambiaría, todos acatarán el cambio sin rechistar, prueba manifiesta y evidente (existen tantas!!!) de que la mayoría (en este caso por fortuna) no pinta nada en estas democracias nuestras.
Por cierto, hoy me faltaban euros y me sobraban pesetas... aunque al final conseguí corregir el error...

El maradona y la tribu: De cómo el maradona trató de colar un billete falso
Una vez al maradona le largaron un billete falso, y, ante tal eventualidad, puso a su única neurona a trabajar (él decía continuamente que sólo le quedaba una neurona viva en el cerebro, y que con ella iba tirando) pensando en la mejor forma de deshacerse del billete falso. Acórdose de una pollera (mujer que vendía pollos y huevos) que era bizca, y vino a convencerse de que ella, por no ver bien, se tragaría el billete sin lugar a dudas. Fue a ella y la mujer le dijo que fuera a timar a otro. Su neurona entonces le dijo que fuera a una papelería a comprarse un compás, y eso hizo. El de la librería se lo tragó, pero como conocía al maradona, y como se dio cuenta después de que le había dado un billete falso, lo denunció a la policía. Para disgusto de su madre, se llevaron al maradona a la comisaría para que diese allí explicaciones.
Este es un post del otro día, del domingo, que no pude postear:

la he vuelto a joder. salí a mediodía a tomarme una cerveza y acabé cogiéndome una borrachera de caballo. hoy tengo una resaca de elefante. lo peor es que tengo una considerable amnesia temporal, sobre lo que sucedió por la noche. me llevé del banco, con cargo a mi cuenta, unos cuantos euros, un billete de cada clase, para enseñarlos, y he acabado por perderlos. no sé dónde están. supongo que los regalé anoche con la borrachera y no sé a quién, no sé por qué.

no tengo solución ni remiendo, y carezco por completo de control sobre mí.

viernes, diciembre 14, 2001

Hoy ha sido un mal día, como es habitual. Relajémonos con las apasionantes e hilarantes hisotrias que nos trae el progreso:

El euro y la tribu:

Mientras desayunaba un viejo me increpaba en el bar,q ue hay que ver, me decía, que hay que ver cómo son las cosas, que por qué se tiene que cambiar de moneda, al 'uro' eze, con lo bien que estamos con la peseta. Y lo que es peor (añadió) que encima vamos a tener que comprar un monedero para que nos den los uros ezos (el pobre viejo se refería al euromonedero, del que habrá oído hablar, y se habrá creído que es un monedero corriente para meter euros).

No hay día que pase en el que alguno me pregunte, viejo o joven, si el dinero que tienen en el banco (sus ahorros en la cartilla, lo que tiene en sus cuentas) van a tener que ir a cambiarlo de alguna forma, o lo 'cambíamos nosotros', los del banco, sin que tenga que ir allí. Tampoco faltan los que preguntan si sus tarjetas de crédito/débito van a seguir sirviendo o van a tener que usar otras cuando entre en vigor el nuevo papel moneda.

Billetes falsos. Ahora también es raro el día en el que no vea ningún billete de diez mil pesetas falso. Los hay a patadas, y hoy sin ir más lejos he pillado tres, y no sé si es me ha escapado alguno y me lo he tragado por bueno, cosa muy posible. A fin de cuentas no soy una maquina. Resulta penosa la angustia y la tensión con la que me veo obligado a contar los billetes, siempre alerta y atento para descubrir alguno falso, y hacerlo además con todo el disimulo posible para no herir la sensibilidad y la confianza de tus clientes habituales, y por supuesto realizarlo todo en pocos segundos.
Ahora existen más billetes falsos que nunca, y los falsificadores aprovechan los últimos coleteos de la peseta para hacer su agosto, pues saben que el euro no lo podrán falsificar con la facilidad con la que falsifican la peseta, ya que cualquier fotocopia en color de un billete en pesetas puede dar el pego en un momento dado, tan malos como son (y lo digo con conocimientos de causa) los billetes españoles, sus medidas de seguridad.
Me atrevería a decir que en la actualidad uno de cada mil billetes de diez mil pesetas es falso y que los falsificadores siguen imprimiendo y distribuyendo más a ritmo frenético, y así, por zonas, nos encontramos oleadas de falsificaciones, que remiten unos días para dejar paso a otras nuevas, de otros falsificadores, quizás.
Las autoridades no dan publcidad de ello, y echan tierra al asunto, aquí no pasa nada, dicen, porque saben lo pernicioso que resultaría para la confianza el que la masa supiera la verdad, que los falsificadores aprovechan el cambio del euro para engrosar sus ya cebados bolsillos, y que esos redundará en el bolsillo de los pobres y los desgraciados, de los bancos, y en mayor medida de supermercados y grandes superficies. Y eso, los problemas de confianza, las quejas por el coste que todos y cada uno de nosotros tendremos que soportar por el cambio, eso es algo que no pueden permitirse, los cabrones.

miércoles, diciembre 12, 2001

Estoy alegre en estos momentos, a pesar de que hace tan solo un par de horas la tristeza y el desconsuelo eran los dueños de mi pecho. Un partido de baloncesto, emocionante, en el que un equipo español ha caído derrotado, para mi satisfacción, es el motivo de mi alegría. Una pasión, absurda, como todas, el deporte, me ha cambiado el ánimo. Las pasiones que nos mueven de los cielos al infierno.

He pasado todo el día escuchando cosas relacionadas con los muertos, con la muerte, y eso me había hecho decaer, y la náusea, la muerte, se había apoderado de mi cogote.
Por la mañana, dos personas comentaron la muerte repentina de un treintañero. Si estaba muy bien, decía una, sí, muy bien, estuvimos cenando juntos y todo, y de repente se cayó, se le clavaron las gafas en los ojos y se llenó todo de sangre, yo salí corriendo de allí, fue horrible. Una embolia fue lo que evaporó a este tipo a quien nunca conocí. Tras eso, tras comentar casi de pasada el impacto que les causó, me dejó pasmado que se detuviera minuciosamente en comentar los pormenores estéticos del tipo, que si iba vestido con un pantalón gris nuevo, una camisa de franela rosa y cosas así, que si le había dicho que lo veía muy bien, muy elegante, y ambos se habían reído como hienas de la ocurrencia (por llamarlo de alguna forma), como si su imagen, su apariencia, fuera el elemento sustancial del acontecimiento, como si su muerte hubiera sido lo accidental, y la ropa que llevaba puesta lo funtamental del hecho, lo que importaba del asunto.
A continuación, la persona intorlocutora de esta conversación, la que hablaba con la otra que contaba lo de la muerte ésa, se dirigió a mí, como ya ha hecho en otra ocasión, para hablarme de la muerte de su difunto hermano. Un antiguo yonqui (como un beat, aunque dudo muchísimo que tuviera el sujeto idea de qué trataba el movimiento ése) que murió de sida en su casa. Me contaba esta mañana las últimas semanas de vida de su hermano, lo delgado que estaba, la impresión que le provocó el lavarlo una semana antes de su muerte, cuando la rodilla era mucho más gruesa que su muslo, cuando su piel estaba corroída por lo que llaman el sarcoma de noséquién (karposi, corusi?, no me acuerdo). Es evidente que esta persona está traumatizada por aquella experiencia, y es comprensible su traúma. Es una experiencia con la que tendrá que convivir el resto de sus días, que ha marcado su ser de forma irremediable. Pero así son las cosas, nos gusten o no. Quizás el cristianismo, en su afán de negar las realidades de las cosas, ayuda a que estas experiencias nos atormenten de forma más profunda. Yo todavía no he sufrido ninguna semejante, y no sé cómo la sobrellevaría, aunque pienso que me sería fácil olvidarlo (lo olvido todo rápido). Las muertes de los demás (abuelos, vecinos viejos, y algún que otro amigo), hasta ahora, no han logrado afectarme demasiado, aunque bien es cierto que no he tenido que cargar con ningún enfermo terminal.
Y por último, de vuelta me encuentro a uno que me dice que mañana cumple años, cuarenta, que hay que ver lo viejo que es, que hay que ver lo deprisa que pasa el tiempo, que de aquí a un día estará en el camposanto.
Así, he pasado la tarde desconsolado, comido por el sentimiento de la nada. Recordaba el llanto desconsolado y, aparentemente sin motivo, de mi sobrina de tres años, y me venían los recuerdos de mi infancia, de cuando yo era un crío y estaba siempre triste porque sabía que me iba a morir algún día. Me pregunto ahora si mi sobrina pensará lo mismo, y llorará, cuando llora amargamente sin motivo, por lo mismo. Me pregunto también si todo ser humano habrá sentido alguna vez lo mismo, y pienso que lo reconozca o no alguna vez habrá sentido lo mismo.

Ya la he hecho.
Qué he conseguido al hablar de esto?
Perder la alegría que tenía hace menos de diez minutos.
No importa.
A dormir, que no es gerundio, es imperativo capitalista.
Estoy alegre en estos momentos, a pesar de que hace tan solo un par de horas la tristeza y el desconsuelo eran los dueños de mi pecho. Un partido de baloncesto, emocionante, en el que un equipo español ha caído derrotado, para mi satisfacción, es el motivo de mi alegría. Una pasión, absurda, como todas, el deporte me ha cambiado el ánimo. Las pasiones que nos mueven de los cielos al infierno.

He pasado todo el día escuchando cosas relacionadas con los muertos, con la muerte, y eso me había hecho decaer, y la náusea, la muerte, se había apoderado de mi cogote.
Por la mañana, dos personas comentaron la muerte repentina de un treintañero. Si estaba muy bien, decía una, sí, muy bien, estuvimos cenando juntos y todo, y de repente se cayó, se le clavaron las gafas en los ojos y se llenó todo de sangre, yo salí corriendo de allí, fue horrible. Una embolia fue lo que evaporó a este tipo a quien nunca conocí. Tras eso, tras comentar casi de pasada el impacto que les causó, me dejó pasmado que se detuviera minuciosamente en comentar los pormenores estéticos del tipo, que si iba vestido con un pantalón gris nuevo, una camisa de franela rosa y cosas así, que si le había dicho que lo veía muy bien, muy elegante, y ambos se habían reído como hienas de la ocurrencia (por llamarlo de alguna forma), como si su imagen, su apariencia, fuera el elemento sustancial del acontecimiento, como si su muerte hubiera sido lo accidental, y la ropa que llevaba puesta lo funtamental del hecho.
A continuación, la persona intorlocutora de esta conversación, la que hablaba con la otra que contaba lo de la muerte ésa, se dirigió a mí, como ya ha hecho en optra ocasión, para hablarme de la muerte de su difunto hermano. Un antiguo yonqui (como el beat) que murió de sida en su casa. Me contaba esta mañana las últimas semanas de vida, lo delgado que estaba, la impresión que le provocó el lavarlo una semana antes de su muerte, cuando la rodilla eran mucho más gruesa que su muslo, cuando su piel estaba corroída por lo que llaman el sarcoma de noséquién (karposi, corusi?, no me acuerdo). Es evidente que esta persona está traumatizada por aquella experiencia, y es comprensible su traúma. Es una experiencia con la que tendrá que convivir el resto de sus días, que ha marcado su ser de forma irremediable. Pero así son las cosas, nos gusten o no. Quizás el cristianismo ayuda a que estas experiencias nos atormente de forma más profunda. Yo todavía no he sufrido ninguna semejante, y no sé cómo la sobrellevaría, aunque pienso que me sería fácil olvidarlo. Las muertes de los demás (abuelos, vecinos viejos, y algún que otro amigo), hasta ahora, no han logrado afectarme demasiado, aunque bien es cierto que no he tenido que cargar con ningún enfermo terminal.
Y por último, de vuelta me encuentro a uno que me dice que mañana cumple años, cuarente, que hay que ver lo viejo que es ya, que hay que ver lo deprisa que pasa el tiempo, que de aquí a un día estará en el camposanto.
Así, he pasado la tarde desconsolado, comido por el sentimiento de la nada. Recordaba el llanto desconsolado y, aparentemente sin motivo, de mi sobrina de tres años, y me venían los recuerdos de mi infancia, de cuando yo era un crío y estaba siempre triste porque sabía que me iba a morir algún día. Me pregunto ahora si mi sobrina pensará lo mismo, y llorará, cuando llora amargamente sin motivo, por lo mismo. Me pregunto también si todo ser humano habrá sentido alguna vez lo mismo, y pienso que lo reconozca o no alguna vez habrá sentido lo mismo.

Ya la he hecho, qué he conseguido al hablar de esto, perder la alegría que tenía hace menos de diez minutos.
No importa.
A dormir, que no es gerundio, es imperativo capitalista.

domingo, diciembre 09, 2001

Estuve ayer con un tío divorciado, un camionero que hace rutas internacionales y que gana un montón dinero y vive en su camión. Un tipo curioso. Está traumatizado con su separación, divorcio, o lo que sea. Afirma que su ex lo odio, no lo desprecia, sino que lo odia y que también le ha gastado muchas putadas y lo ha tratado muy mal, y lo sigue haciendo, impidiéndole a veces ir a ver a su hija. Dice que la tipa es muy mala, muy mala, y que no le ha hecho nada para ganarse su odio. Aunque es obvio que sí debió de hacerle daño, que se hicieron daño mutuamente, y que han acabado odiándose el uno al otro, sin poder evitarlo. Conforme fue avanzando el tiempo, y conforme el alcohol fue inundando sus venas, comenzó a decirme que él comprendía perfectamente que los tíos mataran a las tías, como sale en los periódicos, como pasa continuamente, y luego acabó por confesar que a veces le dan ganas de matarla a su ex y que a lo mejor, cualquiera sabe, un día se pierde y lo hace.

sábado, diciembre 08, 2001

Estoy contento, entusiasmado, después de tanto tiempo me ha vuelto la inspiración, y acabo de escribir un cuento, un relato como hacía ya mucho tiempo no escribía. Me desperté, bajé, y me sentí en vena, subí y me puse frente al ordenador, sin ninguna idea clara, sin saber qué escribir, qué contar, y la historia fue brotando de mí por sí sola, conforme escribía.

viernes, diciembre 07, 2001

Son las uatro e la manaña.
No estoy mejor. No soy mejor. Sigo sieno el mismo miserable hijodeputa que so, que seré siempre.
He bebido, peor no estoy lo suficientememte borracho como paraa caer rendido, muerto. Me fui con un tipo de boachera, alterné con unos y otros, y al final aquel con quien fui acabó vomitando y yo acabé quedándome solo. Estoy aquí y no debería de estar.
Soy más miserable que el propio diablo y ,ucho mejor sería para mi ser estar en otra parte, en otro tiempo, más lejano.
Me faltan cinco o seis whiskies para encotrarme a gusto, pero no los he tragado porque llevaba el coche y no quería beber. Ahora estoy eb mi cama, sereno, aunque quiseea estar borracho, muy borracho, perdido en la inconsciencia del no-ser, en la findiferencia del no estar.
No estoy inspiado, puesto que no he bebudi ko suficiente, que no lo bastante, para ello.

jueves, diciembre 06, 2001

Escribí esto, entrecomillado todo, con la excitación del momento, y alterado como estaba hace un poco. Lo escribí a ratos, fragmentariamente, tal y como me venían las ideas a la cabeza, es por ello parte de mi diario, del diario del perdedor que soy:

“Otra vez ha vuelto a suceder. De nuevo, tras meses conteniéndome, tras meses de aguantar sus continuas puyas con indiferencia, he vuelto a insultar—aunque quizás sería mejor decir a calificar con el adjetivo que les corresponde—a mis padres.
Alguien vino al lugar donde duermo a preguntar por mí (lo cual no es frecuente porque todos aquellos con quienes comparto momentos procuran, a toda costa, evitar el tratar con mis padres), y mis padres le mintieron, le dijeron maliciosamente que yo no estaba, cuando en realidad sabían perfectamente que estaba en mi habitación, y me di perfectamente cuenta de ello. Eso no es algo nuevo, es algo que en realidad han hecho en muchas otras ocasiones. Esta vez, yo, tras aguardar unos segundos en mi habitación, amontonando ira y rabia, bajé y les dije, directamente, sin preámbulo alguno, que eran unos cerdos, y luego me fui dando un portazo.
Ahora me encuentro en un descampado solitario, al lado de una carretera, y escribo esto mientras el sol se apaga y la noche llega, mientras Mahler suena por los altavoces serenando mi espíritu. Hay una gasolinera cerca y no paro de decirme que esto se va a acabar de una vez para siempre. En enero comenzaré, con descaro, abiertamente, a buscar alguna cueva en la que pueda cobijarme, en la que pueda vivir en paz y serena tranquilidad (estoy cagándome y meándome, y no es una metáfora, la mierda me presiona el ojillo del culo, y la orina quiere hacer estallar mi vejiga, pero me contengo para acabar lo que estoy escribiendo) lejos de esos seres que me parieron y que no me enseñaron a luchar contra todo lo que ellos son, contra todo lo que ellos creen, contra todo lo que ellos piensan.

He cagado y meado en medio del descampado y estoy mejor, aunque no he podido limpiarme los pelos del culo, porque no tengo nada con lo que hacerlo. Puedo continuar escribiendo, consolándome, comprendiéndome.

Lo peor de todo es que mis padres no son únicos, hay otros muchos como ellos, y a tres o cuatro de mis amigos les sucede exactamente lo mismo con sus padres, y en más de una ocasión, cuando han ido en busca de ellos, les han dicho que sus hijos no estaban en casa.
Y eso es lo malo. Los idiotas se consuelan porque no son los únicos, porque hay otros, muchos otros, que son iguales que ellos, que hacen lo mismo, que se justifican con las mismas estupideces, con los mismos puercos valores morales cristianos que los corroen por dentro, que los han podrido por dentro. Creen que así nos protegen, del vicio y la corrupción, del alcohol y las borracheras, pero lo único que consiguen es hacernos aún más infelices, lo único que logran es conseguir que no vivamos en realidad en ninguna parte, puesto que aquellos con quienes nos relacionamos, con quienes compartimos alguna que otra vez agradables momentos, no pueden encontrarnos en ninguna parte.
Yo les diría a todos ellos que el que lo hagan los demás, la mayoría, la masa, no significa en absoluto que sea lo correcto, que sea lo humano. Les diría a los que se amparan en los demás, en lo que hacen, dicen, piensan, los demás, la mayoría, que lo que hace y dice la mayoría es repugnante, asqueroso, y el que tenga un mínimo de inteligencia no debería de dejarse llevar por ella, no debería hacer el más mínimo caso de ella, puesto que es ella la que ocasiona todo los males del mundo.
Es lo más fácil, desde luego, estar y opinar siguiendo la mayoría. Pero eso también supone convertirse en un criminal, en un pecador, que peca y a la vez fomenta el pecado, que atenta contra todo lo que de divino pueda haber en el hombre.
La caja de pandora no es otra cosa más que la masa, el instinto gregario. Como una bola de nieve, rueda y crece a medida que se le une más nieve, se hace más grande y poderosa y difícil de detener, y también, a la vez, provoca mayores destrozos a su paso, destruyendo y oprimiendo al individuo.

Las nubes y las luces artificiales oscurecen y apagan las lejanas estrellas, que ene le firmamento nos recuerdan, a quienes se atreven a mirarlas fijamente, lo que somos. La música sigue sonando y me libera del cabreo que me produce convivir con quienes convivo.

Ya es de noche. Alguien ha pasado por mi lado y se ha quedado mirándome, alucinado, extrañado, preguntándose qué es lo que estaré haciendo. Pensará que me estoy drogando, que he robado el coche, o cualquier otra cosa que su pobre y reducido cerebro considere como mala.
Escribo esto sobre un pedazo de papel desgastado, que no es sino el dorso de un viejo mapa de carreteras que nunca mi guió a ninguna parte. Mi letra es ágil y descuidada, casi ilegible.
El tipo que acaba de pasar por mi lado habrá pensado que soy el tipo más raro del mundo, y no le faltaba razón.
¿Qué hago aquí?

Como no llevo reloj (para no estar dominado por el tiempo) ahora no tengo la más remota idea de qué hora es, y no hay nada ni nadie cerca, a mi alcance, a mi vista, para orientarme. No importa. Calculo que serán algo más de 8. Voy a volver y a meterme en algún bar a cenar algo.”

Ahora que han pasado varias horas, y que miro a lo sucedido con la pespectiva que proporciona la calma, estoy profundamente arrepentido de haber dicho lo que he dicho. Siempre pasa lo mismo, los remordimientos me vienen y no puedo hacer nada por evitarlos. Yo soy tan culpable como ellos, como mis padres, e incluso pienso a veces que más que ellos. No en vano, ellos no tienen la culpa, en cierta manera, de ser como son. No obstante, quizás no exista tanta malicia en sus actos.
Me digo ahora que todo el mundo es bueno, aunque sus conceptos de bien y mal sean tan diferentes que los hagan enfrentarse, que los hagan sufrir.
No debería de haberlo hecho, claro está, pero lo hecho hecho queda y nada se puede hacer por cambiarlo. Lo que más me duele es que he vuelto a abrir la guerra entre mis padres y yo, una guerra desagradable para todos, desagradable e inevitable, fruto de su incapacidad para aceptarme como soy, de su falta de tolerencia, y de la incomunicación que existe entre todos nosotros.
Somos tres albóndigas--me dijo ayer el cura, mientras bebíamos asidos a la barra de un bar--, somos tres albóndigas friéndonos en una misma sartén.
No creo que llegase a ser consciente del todo del alcance del significado de sus palabras. Sí, señor cura, y digo señor como podría decir cualquier otra cosa, sí, somos todos albóndigas quemándonos en una misma sartén.
Ayer salí, no pude evitarlo, y bebí, no pude evitarlo. Hoy he quedado, no debí hacerlo, para ir a comer por ahí, a perder el tiempo por ahí.
Lo que más puede que el hombre.
Esa es una buena pregunta, una afirmación que pregunta.
Lo que más puede que yo es cualquier cosa, eso desde luego.
No conté lo del violador este fin e semana, ya lo sé. Pero no me olvido y lo dejo para otro día.
El domingo me emborraché con unos cuantos tíos. Con el presentador de un programa de tv local, y otros, y acabamos yendo a un puticlub. Qué noche! No follé, y por tanto sigo manteniendo mi forzada? abstinencia de dos años, más o menos. La verdad es que ya hace tanto tiempo que lo he olvidado. Es triste pero verdad. No eché ningún polvo, como digo, pero me levanté con resaca, malo. Por eso no posteé nada aquí. Y pasé un día asqueroso, insufrible. El banco lleno de gente dando la lata, sin conceder ni un momento de respiro, y mi cuerpo desecho, mi cabeza mareada, mi vista nublada... Es para olvidarlo. Y, además, el euro.

El euro y la tribu
Ya hemos comenzado a dar a los comercios monedas y billetes, y ahora voy dándome cuenta de la magnitud del problema. Será un infierno. Todos los bancos, a partir de enero, se llenarán todos los días a todas las horas. Faltarán euros, y en dos días los bancos se quedaran sin dinero, sin poder soltar dinero, y sucederán un sin fin de problemas. Y ya me veo yo peleándome con la mitad de mis clientes. Ya me veo saliendo todos los días a las cinco de la tarde, reventado y asqueado, con ganas de morirme. Y lo mismo le sucederá a todo el que trabaje en banca.