Antes de mi definitiva despedida, tengo que contar algo.
La Monja que ha perdido la cabeza, la madre superiora del convento que visita con frecuencia el banco, ahora, afectada de alzehimer, o algo parecido, visita diariamente la oficina y se pone a pedir cosas ridículas y sin sentido. Hoy, sin ir más lejos, vino dos veces a sacar dinero, pidiendo una determinada cantidad que no recuerdo. Yo le reintegré veinte euros de su cuenta; somos ahora todos en el banco conscientes de la inconsciencia de esta mujer y no le hacemos caso, la engañamos para que no pierda importantes cantidades de dinero. Luego volvió pidiendo más dinero, porque le hacía falta, dijo, para pagarles a unos picapedreros que iban a ir al convento. Dijo tres o cuatro cantidades distintas, y yo le di cinco billete de cinco euros, y ella se fue tan contenta. Luego volvió en busca de un papel que no encontraba, que, según decía, me había dejado a mí y que yo no le había devuelto. Me resultó imposible convencerla de que en realidad a mí (esa es la verdad) no me había dejado nada, y al final me la quité de encima confesándole que, efectivamente, me había dejado el papel aunque yo debía de haberlo perdido, ahora no lo podía encontrar. Se fue largando pestes por la boca sobre mí. Ayer pasó otro tanto de lo mismo, vino y me pidió medio millón de pesetas, me hice el sordo y le pedí que me volviera a repetir cuánto quería, me dijo que tres mil pesetas, para pagarle a unos supuesto albañiles, ¿cómo dice?, volví a preguntar, pero es que no te enteras de nada o qué, me increpó y añadió, ciento cincuenta mil pesetas. Le entregué treinta euros en un sobre cerrado y se fue tan contenta.
Lleva así varios días, y otras hermanas del convento, que no tienen el poder, puesto que la otra, la que ha perdido la chaveta, es la madre superiora, nos llaman de continuo para advertirnos lo que le ocurre a la mujer, para que engañemos y estafemos a su madre superiora, para que no hagamos lo que nos pide, puesto que ella ya no sabe lo que hace, ni por qué.
Curiosa enfermedad la que padece, la que estudian algunos psiquiatras y neurólogos sin hallarle explicación, ni mucho menos remedio o solución.
Lo que no entiendo es cómo la iglesia católica no hace nada para remediar la situación, cómo es posible que nadie venga y sustituya a esa madre superiora, y la pongan bajo la custodia de las otras. Dice el director de mi oficina, profundo conocer de la jerarquía católica, de curas y sacerdote, y abierta y orgullosamente partícipe de ritos católicos, que ni siquiera el obispo puede destituirla... Pero no sé qué creer, no lo entiendo ni lo apruebo... Tendré que preguntarle a mi amigo el cura, a ver qué me dice. Porque, desde luego, aunque la situación pueda ser cómica y graciosa, vista desde fuera, no estoy dispuesto a seguir sufriendo diariamente a esta monja por mucho más tiempo.
La Monja que ha perdido la cabeza, la madre superiora del convento que visita con frecuencia el banco, ahora, afectada de alzehimer, o algo parecido, visita diariamente la oficina y se pone a pedir cosas ridículas y sin sentido. Hoy, sin ir más lejos, vino dos veces a sacar dinero, pidiendo una determinada cantidad que no recuerdo. Yo le reintegré veinte euros de su cuenta; somos ahora todos en el banco conscientes de la inconsciencia de esta mujer y no le hacemos caso, la engañamos para que no pierda importantes cantidades de dinero. Luego volvió pidiendo más dinero, porque le hacía falta, dijo, para pagarles a unos picapedreros que iban a ir al convento. Dijo tres o cuatro cantidades distintas, y yo le di cinco billete de cinco euros, y ella se fue tan contenta. Luego volvió en busca de un papel que no encontraba, que, según decía, me había dejado a mí y que yo no le había devuelto. Me resultó imposible convencerla de que en realidad a mí (esa es la verdad) no me había dejado nada, y al final me la quité de encima confesándole que, efectivamente, me había dejado el papel aunque yo debía de haberlo perdido, ahora no lo podía encontrar. Se fue largando pestes por la boca sobre mí. Ayer pasó otro tanto de lo mismo, vino y me pidió medio millón de pesetas, me hice el sordo y le pedí que me volviera a repetir cuánto quería, me dijo que tres mil pesetas, para pagarle a unos supuesto albañiles, ¿cómo dice?, volví a preguntar, pero es que no te enteras de nada o qué, me increpó y añadió, ciento cincuenta mil pesetas. Le entregué treinta euros en un sobre cerrado y se fue tan contenta.
Lleva así varios días, y otras hermanas del convento, que no tienen el poder, puesto que la otra, la que ha perdido la chaveta, es la madre superiora, nos llaman de continuo para advertirnos lo que le ocurre a la mujer, para que engañemos y estafemos a su madre superiora, para que no hagamos lo que nos pide, puesto que ella ya no sabe lo que hace, ni por qué.
Curiosa enfermedad la que padece, la que estudian algunos psiquiatras y neurólogos sin hallarle explicación, ni mucho menos remedio o solución.
Lo que no entiendo es cómo la iglesia católica no hace nada para remediar la situación, cómo es posible que nadie venga y sustituya a esa madre superiora, y la pongan bajo la custodia de las otras. Dice el director de mi oficina, profundo conocer de la jerarquía católica, de curas y sacerdote, y abierta y orgullosamente partícipe de ritos católicos, que ni siquiera el obispo puede destituirla... Pero no sé qué creer, no lo entiendo ni lo apruebo... Tendré que preguntarle a mi amigo el cura, a ver qué me dice. Porque, desde luego, aunque la situación pueda ser cómica y graciosa, vista desde fuera, no estoy dispuesto a seguir sufriendo diariamente a esta monja por mucho más tiempo.
